Optimistas y pesimistas

Blanco y negro. Positivo y negativo. Yin y yang. Optimismo y pesimismo. Derecha e izquierda. On y off. Hay que ver lo que nos gusta poner etiquetas a las cosas. Y si son etiquetas dualistas, mejor que mejor. Debe de ser que tenemos alguna predisposición genética a lo binario, digo yo. Lo digo como reflexión, ojo. Etiquetar es necesario para comprender la realidad. No soy contrario sistemáticamente al arte de generalizar. Para nada. Pero si se generaliza, hay que hacerlo bien.

Al grano. Los optimistas no son siempre positivos, y los pesimistas no son siempre negativos. Esto es una memez. Tampoco al contrario. Sé de lo que hablo: a lo largo de mi vida me han acusado tantas veces de exceso de optimismo como de exceso de pesimismo. Y muchas veces tenían razón.

Básicamente, siguiendo con el sistema binario-maniqueo, hay dos tipos de optimismo: el que mueve a la superación (“aquí hay buen material, pero hay que trabajarlo”) y el que mueve a la gilipollez-chupi-guay (“todo es maravilloso, no vale la pena cambiarlo”). Y dos tipos de pesimismo: el que mueve a la acción (“esto es una mierda, pero si trabajamos podemos hacer que deje de serlo”) y el que mueve a la destrucción (“estoy desmotivado y procuraré contagiar mi desánimo a todos mis semejantes”). Evidentemente, en ambos casos me quedo con la primera opción, porque nos conduce a lo mismo: “vale la pena seguir trabajando”.

Veamos algún ejemplo, que ya he soltado bastante chapa:

Contexto común

El alegre Monicaco, veterano monitor de 20 años, jefe del Grupo 14 y coordinador de Guías Mayores, recibe la programación trimestral que han diseñado sus chavales. Incluye visitas al acuario, al paintball, al cine y a la Coliflorum.

Situación 1: Optimista chupi-guay

-Cómo mola. Qué guay. Programan ellos solos, oyes. Voy a ser la envidia de todos mis amigos. Es fantástico. No puede aspirarse a nada más.

Detrás de esta actitud encontramos una cierta egolatría. “Mejor no me pregunto si las cosas se pueden hacer mejor. Soy feliz pensando que todo es perfecto. Así no tengo que cambiar nada.”

Y para muestra, un botón. Pensad en ese monitor que siempre está encantado de haberse conocido y que piensa que sus chavales son perfectos. No suele preocuparse mucho por lo que ocurre fuera de su unidad, su pequeño universo. ¡No vaya a se que salga perdiendo en la comparación!

Situación 2: Pesimista destructivo

-Vaya mierda. Esas actividades no son badenpowell. No quiero ser cómplice de nada de esto. Voy a disolver el grupo y a quemar el material para que nadie lo pueda utilizar. Daré un discurso desmotivador a los chavales para que no sigan intentando ser guías. Ni lo son ni lo serán jamás. Están echados a perder para siempre. Echaré cal viva sobre sus espíritus.

En el fondo, esta actitud responde a un terrible sentimiento de superioridad: “Yo he fracasado. Pero yo soy el mejor hacedor de badenpowell de la historia. Es imposible hacerlo mejor de lo que lo hago yo. Luego, la especie humana se ha corrompido para siempre. No hay nada que hacer. No debo intentar hacer nada y debo evitar a toda costa que cualquier persona lo intente”.

No me miréis así, no. Esta actitud se da. Haced memoria.

Situación 3: Optimista crítico

-Valoro que los chavales se hayan reunido y se hayan puesto de acuerdo en las actividades. El proceso lo han hecho bien. Lo que no es muy adecuado es el contenido de las actividades. ¿Qué puedo hacer para que lo mejoren?

Vaya, la cosa cambia. Es optimista porque antepone lo positivo a lo negativo. Pero no niega lo negativo y se esfuerza por cambiarlo. Además, hace autocrítica. Se pregunta “¿qué puedo hacer yo?” en lugar de “¿por qué las deidades me maltratan, si yo soy perfecto?”.

Situación 4: Pesimista cascarrabias

Siempre me ha gustado la palabra “cascarrabias”. No sé, tiene como una sonoridad divertida, un olor entrañable.

-Cagontó que programación de habas. Deidades mías, qué paciencia hay que tener. Les voy a dar una colleja a cada uno. Manda huevos. Qué criaturas estas. Si es que son la repanocha. Hacen lo más difícil, que es organizarse y tomar las decisiones, y luego fallan en lo más elemental, que es proponer actividades en las que no sean jodidos espectadores. Ay, qué viejo estoy. Hala, voy a ponerles las pilas.

En el fondo la actitud del optimista crítico y la del pesimista cascarrabias son muy parecidas. La acción es la misma: tratar de mejorar lo que no está bien. Lo que cambia es el envoltorio: pongo la sonrisa por delante, o dejo salir la mala leche.

Aunque seguro que muchas veces he caído en los dos primeros modelos, me gusta pensar que me muevo entre los dos últimos. Optimista o pesimista, pero ni flowerpower ni psychokiller. Si mi apariencia es más de optimista o de pesimista, se debe sobre todo al exceso de ácidos gástricos que tenga aquel día en particular. Ah, bueno, y a la edad.

¿Os he dicho que me estoy haciendo viejo?

Yin y yang

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Taller mecánico

ChatarraSupongamos la siguiente escena. Monicaco lleva su flamante Peugeot 106 al taller.

-Oiga, que el coche no tira.

-Vale. Así, a bote pronto, llevas tres ruedas pinchadas y el tubo de escape colgando. Vas dejando un reguero de aceite y del capó sale vapor de agua a cascoporro- dice el amable mecánico, sosteniendo la colilla de un cigarrillo entre la comisura de los labios.

-Ya, pero eso es normal, oiga. Siempre ha estado así.

-¿Y antes tiraba?

-No lo sé, el coche este me lo acaban de regalar.

-Pues tenemos que hacerle una revisión, preparar un presupuesto y ver si vale la pena arreglarlo.

-Vaya mierda de mecánico es usted. Qué desagradable. No hace más que poner inconvenientes.

El mecánico, ojiplático, abre la boca, deja caer la colilla y pestañea dos veces con incredulidad. Duda entre reír y ceder la palabra a la llave de tubo, esa gorda de cambiar las ruedas. Decide dar una oportunidad a la llave. La empuña y pone a la fuga al desconcertado Monicaco, que no entiende nada. Pobrete.

Traslademos esta escena al fascinante universo de las Hadas. Monicaco participa en una reunión asociativa. No le han regalado un coche, sino la jefatura del Grupo 15.

-No sé qué le pasa a mi grupo, que no tira.

-Claro- contesta Solete-. Tienes medio título por cada seis monitores. Cero coma seis chavales por cada tres presuntos adultos. No has reunido a los padres ni tienes un mal listado de teléfonos.  Tu promoción se reduce a doce carteles en farolas los años bisiestos.

-Bueno, bueno. Eso estaba así cuando llegué.

-Pues está visto que no funciona. Cámbialo. Necesitáis formación, leer un par de libros, adecuar el mensaje publicitario al proyecto educativo, hacer actividades guías, que os diferencien del CTL que tenéis en la puerta de al lado…

-Anda ya. Es que tú todo lo arreglas haciendo badenpowell.

Solete, aunque tenga mala fama, tiene mucho zen. Además, no tiene una llave de tubo ni una piqueta de pabellón a mano. Busca la paz en su interior. Medita para sus adentros: “Nada es vital. Nada es importante. Quizás con un cursillo de informática…”

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Cementerio de elefantes

En Guías somos como scouts, pero sin el cuatrobollos. Tampoco se estila por estos lares la Insignia de Madera. Aquí, cuando la gente piensa que te ha llegado el momento de dar cursillos y hacer de Pepito Grillo en las Asambleas, no te dan ninguna insignia. Ni siquiera un pin, oiga. Ni falta que hace. Simplemente, merced a un elaborado ritual de normas no escritas, se le hace saber sutilmente a uno que su sitio está en el Cementerio  de Elefantes, o se le sugiere un viajecito por Alemania.

Eso me pasó a mí hace poco. Lo del viaje no, lo otro. Lo del cementerio. En una improvisada adaptación del juego de las sillas, me quedé con los elefantes viejos. Y lo curioso es que ni me extrañó, ni me importó. Al contrario. Tuve mi revelación, supongo, y sin dar tiempo al vino de tener mucho que ver en la decisión, me proclamé candidato para la Cúpula del Cementerio. Así, sin pan ni nada. Porque, eso sí, a mí lo mismo me da estar en Pinto que en Valdemoro. Pero siempre en la cúpula. Hasta ahí podíamos llegar. Yo fui prior antes que fraile.

Como el Cementerio no es muy burocrático que se diga, supongo que por miedo a que los elefantes mueran en la puerta mientras la máquina de tomar decisiones se pone en marcha y se queda quieta, pues parece que la cosa va en serio. Qué eficacia.

Me encuentro, nuevamente, ilusionado. Pero esta vez la ilusión es diferente. Como muy serena. Tirando a zen. Muy badenpowell.

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