Copiar y pegar es hacer badenpowell. Es lo que tiene contar con un archivo de 100 años. Que se pueden tomar ideas, programaciones experiencias y, sobre todo, evaluaciones del pasado, nuestras o de otros que vinieron antes que nosotros.
Claro que hay que hacerlo con talento. Si presentas la programación de Isaba 91 a la coordinadora de ramas, cambia la portada. Asegúrate también de que el texto no incluye una gran actividad sobre las olimpiadas de Barcelona. Y pasa el presupuesto a euros.
En lugar de escribir dos veces sobre lo mismo, voy a copiar y pegar la última entrada de mi blog personal. Pero cambiando algunas palabras. No muchas, no vayáis a pensar.
Querida Toñi:
Muchas gracias por invitarme a conocer el local de tu grupo. Fue una visita de lo más interesante. Bien majo que lo tenéis montado. Además, fuiste de lo más amable. Una anfitriona de primera. Pero permite que te agradezca, sobre todo, el nuevo palabro que me regalaste: “negativizado”.
Deja que pinte la escena para nuestros lectores. Así se ponen en situación.
Resulta que me estabas contando cómo te dejas los cuernos todos los días para preparar las actividades que ofreces a los chavales. Y te preguntabas por qué los muy desagradecidos no acudían en tropel todos los sábados para ver con qué taller, dinámica, juego o sarao les sorprenderías. Te lo preguntabas a ti misma, supongo; más que nada porque, como no me dejabas meter baza, es improbable que me lo preguntaras a mí. Además, qué sabré yo.
En la otra sala había seis o siete chavales de unos catorce años y un par de monitores explicando la siguiente actividad. No sé si eran guías o pioneras. Como los tienes juntos… Se abre la puerta y uno de los críos, muy serio, se dirige con paso decidido hacia nosotros. Ya sabes quién te digo. El pelirrojo. Miguelín. Con voz firme, sin alterarse, va y suelta:
–Toñi, ¿me quieres explicar qué puta mierda de yincana es esta?
Mi carcajada fue de antología. La tuya tampoco se quedó corta, solete. Me alegra que mantengas tu sentido del humor. El único que no se reía era Miguelín. Te miraba serio, esperando una respuesta a su pregunta. Ni pizca de malicia se le intuía.
Oye, condujiste la situación muy bien, digo yo. Que si dale una oportunidad al juego. Que ya verás como te lo pasas bien. Que si esto, que si lo otro. El chaval vuelve con sus monitores, resignado. Y entonces, cuando nos quedamos solos de nuevo, suspiras:
–Hay que ver lo negativizado que está este chico.
Chica, qué palabro. Te has superado. Tengo desactivado el corrector ortográfico, pero es que este lo ha detectado el antivirus.
Las similitudes entre “normalizado” y “negativizado” son evidentes. Pero creo que este último merece un análisis nuevo.
El verbo “negativizar”, aunque no lo recoge la RAE, sí que se utiliza, por lo visto, en medicina. Los análisis que antes salían positivos, van y salen negativos. Chupi guay. Hemos negativizado el virus. A celebrarlo.
Pero me da a mí, Toñi, que Miguelín no ha superado ninguna infección vírica. No van por ahí los tiros. Casi oigo a uno de nuestros lectores chivándome que lo que tú querías decir, seguramente, es que Miguelín es muy negativo. Pues no, querido lector. Caliente, pero no.
Decir que Miguelín es muy negativo sería cargar las culpas sobre el rapaz. Nada más lejos de tu intención, Toñi, encanto. Pobre angelito. Eso sería cruel. Lo que ocurre es que algún agente externo no identificado ha inculcado ideas negativas en su mente pura y límpida. De este modo Miguelín queda libre de mácula y, lo que es más importante, tú y tus monitores también. La yincana es cojonuda. Si Miguelín no la está disfrutando, esto sólo puede ser debido a la intervención del Maligno. Que lo ha negativizado.
Buen intento, Toñi. Tal vez tengas razón. Aunque yo he visto a Miguelín bastante normalito. No echaba espuma por la boca, ni bajaba las escaleras haciendo el pino puente, ni nada. Tal vez Miguelín tenga razón. Tal vez la yincana era una puta mierda. O una cortesana hez. Tal vez los chavales no acudan a vuestro espacio joven porque las actividades que preparáis no les gustan. Tal vez, y sólo tal vez, deberías probar a preguntarles qué quieren hacer. O, mejor aún, ofrecerles los medios y dejar que hagan lo que quieran. Te regalo una nueva palabra: badenpowell.